CARTA DE MI MADRE, DESDE EL CIELO.

 

Querido hijo.

No es necesario que vengas a traerme la carta prometida.

Ya la leí.

Por lo que me cuentas en ella, te sientes algo solo

Y te cobijas con el manto de mi recuerdo.

 

No creo, hijo mío, que deba darte recomendaciones y consejos.

Porque cuanto te los he dado desde niño, lo llevas muy bien.

 

Eso de que descubriste el valor de la amistad

y que la reconoces cuando es falsa o verdadera,

te hará sentir tranquilo, satisfecho y alegre,

pero no abuses de la ironía. Te conozco, hijo.

 

 Me cuentas que escribes poemas. Te felicito.

No olvides que la poesía es como una copa de cristal.

Es muy bella, pero cuando faltas a la verdad en ella, se rompe y ya no es la que fue.

No la uses como una máquina productora de versos.

Se reirán de ti. Y lo que es peor, de esto no lo sabrás.

Respeta tus sentimientos, hijo mío.

 

Y, ahora que me acuerdo, nunca me escribiste un poema.

Sin embargo, lo haces para otras.

No te reprocho, hijo. Ahora que estoy aquí, donde todo se sabe, se entiende y se comprende, sé que en cada poema vas poniendo un pedacito de tu corazón, en mi nombre.

Es la parte bella de tu vida, que seas feliz hijo mío,

Y recibe mi bendición.

 

 

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